Ideas para (no) rendirse a tiempo

 Cuando los griegos conquistaron Judea hace unos miles de años, estaban completamente obsesionados con el deporte. Igual que hoy, la popularidad y el prestigio dependían de qué tan lejos podías arrojar algo o qué tan bien podías pelear contra otro tipo.

Naturalmente, los judíos quisieron sumarse a la movida. Querían ser atléticos, integrarse, ser parte de la onda helénica. Así que construyeron un estadio para entrenar y competir.


El problema era que los griegos (los varones) competían desnudos y, para los judíos, esto representaba una complicación bastante incómoda porque no había manera de ocultar su circuncidada identidad. Y, al parecer, era algo que en otras situaciones se podía disimular, pero ahí, en plena competencia, no había cómo.


Entonces, en un intento extremo de encajar, algunos hombres judíos decidieron revertir su circuncisión. Sí, leíste bien. Esto fue varios siglos antes de Cristo, así que no hace falta demasiada imaginación para asumir que el procedimiento era todo menos placentero.


(Si querés chequearlo, está en el libro de los Macabeos. También podés googlear “Epispasmo”, pero no te lo recomiendo).


Sin entrar en temas de cambio de género ni nada de eso, estoy seguro de que hoy en día seguimos dispuestos a hacer cosas u opinar (o no opinar) con tal de pertenecer, de ser aceptados.


Yo no estoy exento. Los memes de “el que calla otorga” me interpelaron más de una vez. La dictadura en el mundial 78, la cancelación del aborto, el ninguneo al “ni una menos” y la participación del estado en una estafa global pueden volverse temas “intrincados” en los que no solo queda revelada la bandera política sino también el dosaje de dignidad en sangre. 


Es cierto que hay momentos en los que el silencio es complicidad, pero también hay otros en los que dice más que cualquier palabra. La clave es saber distinguir entre ambos.


Últimamente, ando buscando desesperadamente el botón de “darse de baja” de todo este caos. Pero lo cierto es que a veces el calorcito que emana el incendio en el que vivimos no me molesta tanto. Es decir… a veces me (auto)enveneno comentando en Twitter. Pero necesitamos límites. Yo necesito límites. Y hay ciertos temas sobre los que simplemente no me interesa debatir en público.


Siempre pensé que la actitud de “esperar a ver qué pasa” era una manera cómoda y hasta cobarde de lavarse las manos. Pero estoy cambiando de opinión. Hay cosas que son inevitables, inamovibles, imposibles de arreglar o mejorar con nuestra intervención.


Quizás es más sano aceptar esa realidad y asumir nuestra propia impotencia antes que alimentar la fantasía de que podemos salvar al mundo. Sobre todo cuando el mundo, claramente, no tiene el menor interés en ser salvado.


Es mejor elegir bien dónde ponemos nuestra energía, qué causas realmente valen la pena, qué esfuerzos justifican el desgaste.


A veces, dar batalla es inútil. Los judíos de Judea no hubieran ganado nada intentando jugar un juego griego con reglas judías. No podían. Tenían que jugar bajo las reglas griegas.


Y a veces eso está bien. A veces no hay opción.


En momentos como este, cuando todo parece fuera de nuestro control y la ignorancia y la ira se dan golpes de pecho en un concurso de necedad, yo me refugio en la historia, en los libros.


A veces en la música, en el arte. A veces en el ajedrez.

Pero casi siempre en los libros.


Las personas que no se conmueven con el arte me asustan. Si no podés conectar con esa parte tuya que te recuerda que sos humano, difícilmente puedas ver la humanidad en los demás. Todo empieza por ahí. Y cuando nos endurecemos –no fortalecemos, sino endurecemos–, perdemos el alma. Perdemos lo mejor de nosotros. Lo que es complejo y hermoso y no tiene respuestas fáciles.


Y cuando demasiadas personas pierden su alma, la humanidad se convierte en este espectáculo grotesco de arrogancia y vileza en el que parecemos estar atrapados.

Paradójicamente, el mismo deseo desesperado de encajar en un grupo que nunca te aceptará es lo que, con suerte, te salvará cuando encuentres a quienes te quieren tal como sos.


Eso fue lo que los judíos helenizados nunca entendieron. En vez de buscar a los suyos, cambiaron su esencia. Literalmente.


Y es que, al final, lo que nos sostiene es la conexión con los otros. Cuando no la encuentro en las personas que me rodean, la busco en quienes vinieron antes y dejaron escritas sus palabras como testimonio.


Muchos de los grandes pensadores, al final de su vida, vieron lo que muchos de nosotros estamos viendo ahora:


En Sobre héroes y tumbas, un libro tan desesperanzado como profundo, Sábato se para de manos y decreta: "Todo es inútil, el destino nos arrastra como un río furioso." 

Leer los textos tardíos de Ernesto Sábato te destroza el corazón. Borges, con su lucidez implacable, terminó bastante desilusionado con el mundo. Roberto Fontanarrosa, que tenía un humor feroz, llegó a mirar a su alrededor y preguntarse “¿pero qué carajo nos pasó?”. 


Rodolfo Walsh escribió una carta hace más de 40 años que podría haberse publicado esta semana y nadie notaría la diferencia.


En Un hombre sin patria, Kurt Vonnegut le hace la gran pregunta sobre el propósito de la vida a su hijo, que es pediatra. Y su hijo le responde:


“Papá, estamos aquí para ayudarnos a atravesar esto. Sea lo que sea.”


No puedo hablar por vos, pero sí puedo hablar por mí.


No creo que haya mucho que podamos hacer para cambiar esta confederación de idiotas en la que nos encontramos.


Pero sí podemos vernos. Y espero, por vos y por mí, que empecemos a vernos.



Dejemos a los imbéciles con sus jueguitos. Nosotros sigamos con lo nuestro: ayudarnos a atravesar esto. Sea lo que sea.



Adieu!


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